lunes, 14 de noviembre de 2011

Las montañas y las nubes dibujaban un amanecer de sangre. Bentham se desperezaba, presto a irse a la cama. Miró a Edam por un momento, y Edam no quiso parecer cansado. Bentham sonrió, admirado de la fuerza de su líder, y bajó del sillón de madera desde donde vigilaba habitualmente.

- Buenos días, Edam. Y buenas noches. - dijo Bentham.
- Descansa, Beni - respondió el jefe.

Edam se conocía bien. Antes de llegar y convertirse en el jefe de esta aldea-fuerte, cometió muchos errores. Muchos. Ahora intentaba, sin conseguirlo, sentirse mejor consigo mismo. Se había autoimpuesto un código estricto: jamás mentir, jamás abusar del débil, jamás permitir que otros abusen de los más débiles. Era su forma de pasar de ser de los malos a ser de los buenos. Pero no aliviaba el peso de lo hecho durante tanto tiempo: pendenciero, alcohólico... era lo mejor que podía decirse del antiguo Edam.

Escuchó los cánticos del chamán de los humanos, saludando al día, y algo de revuelo en la cercana plazoleta que se encontraba a la entrada, unos metros tras la puerta de la empalizada.

- ¿Por qué dudaría de la magia un hombre lobo?

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