Gea descansaba la cabeza en uno de los palos altos de la empalizada, las piernas colgando hacia fuera. Su pelo ensortijado, negro, a la luz de las antorchas, parecía por momentos emitir destellos azules.
- Guapa - le dijo desde abajo, sonriendo, Edam.
- Cegato - respondió ella, devolviéndole la sonrisa más bonita del mundo.
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