jueves, 4 de agosto de 2011

El chupasangres...

... se retorcía, tratando de librarse del mortal abrazo al cuello de Treir, mientras por el cuerpo del vampiro resbalaban los trozos de barro que los lobos llevaban para evitar el olor.

Alfonzo, mientras, horadaba el techo del nido para dejar entrar la luz. Estaba a punto.

Con la cabeza del vampiro en una mano y el corazón en la otra, treir se embadurnó de sangre de vampiro y pasó los restos a sus compañeros. El vigía había sido útil.

Eran unos veinte. Edam no quería cometer errores. Alguien de esta colmena había asesinado a su hermano. Debían morir todos. Colgarían sus cabezas cerca de todos los nidos cercanos. Se escuchó un "crack!". Y la luz entró, friendo a unos cuantos vampiros. Edam comandó el ataque.

Cuando estaban asustados, el combate era relativamente fácil: tú les arrancas la cabeza, ellos te arañan un poco el torso, tú les arrancas primero la cabeza y después el corazón. Treir y Edam, por la derecha del nido, saltaron sobre un nutrido grupo de vampiros que huían del sol. Les cayeron encima y los corazones y cabezas comenzaron a colar. Desde la galería, donde vigilaban (uno hacia fuera, otro hacia dentro) Gunham y Tula, la imagen era algo curioso. Cabezas y corazones volaban por doquier.

Alfonzo saltó al centro de la luz y rugió. No estaba dispuesto a acabar limpio de sangre de vampiros. Y Edam vio cómo se metía hacia las galerías profundas.

Mierda - pensó Edam - y saltó detrás de él.

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