... le acarició el pelo al pequeño Tomba distraídamente, mirando al infinito y suspirando.
- Huelo algo - dijo Tomba. - ¿Son ellos?
- Sí. Mejor que vayas a la barraca y avises.
El chico obedeció sin rechistar. Se dio la vuelta y le dio una palmada en el hombro a Edam. Este sonrió y bajó la cabeza por un momento. Suspiró. Cerró los ojos. Preparó los músculos, y, al fin, miró a derecha e izquierda. Kitz se estaba transformando. Miguel también. Ambos le miraron, asintiendo.
Desde la montaña hubieras visto encenderse las antorchas de la empalizada a lo largo de toda la aldea. O quizá deberíamos decir "fuerte".
Edam encendió su antorcha y aulló. Un rostro céreo se dibujó en la oscuridad frente a él.
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